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EL DIOS DE LA LIBERTAD

Martes 30 Mayo 2017



En los pueblos prehispánicos de Mesoamérica, la relación de los humanos con el ámbito divino se plasmó en muchas ocasiones en unos rituales religiosos basados sobre todo en atender a las necesidades de los Dioses, encargados de mover las fuerzas de la naturaleza: había dioses para la lluvia, la siembra, la cosecha, el día, la noche... Los distintos rituales de sacrificios, en especial los sacrificios humanos, deseaban otorgar a estos dioses la energía y el alimento necesarios para garantizar a cambio unas condiciones favorables para el desarrollo de la vida humana: asegurarse de que salga el sol cada mañana, que llueva a tiempo para poder sembrar, etc. El miedo inherente a estas prácticas religiosas, siempre presente, era el peligro de que los Dioses se pudieran desentender de los humanos, y la vida o el mundo se detuviera o entrase en colapso.
 
Esta mentalidad religiosa está muy bien descrita en el museo del Templo Mayor de la Ciudad de México, ante los restos arqueológicos de un enterramiento ritual tras un sacrificio humano:
 
“El sacrificio para el mexica simbolizaba la incursión del hombre en el ámbito de lo divino. El individuo destinado a esta muerte ritual representaba la justa retribución al sacrificio perpetuado por los dioses para la creación del quinto sol. El Corazón y la Sangre, símbolos de la vida, se convertían en fuerza cósmica y divina; servían para alimentar al dios del sol y de la tierra. Morir en sacrificio confería a la víctima el mayor honor después de la muerte: acompañar al sol en su recorrido diario para alumbrar la tierra.”
 

Quinientos años después de la caída del imperio mexica, esa religión ancestral y sus rituales aparentemente han desaparecido, y el pueblo mexicano manifiesta su fe con formas predominantemente cristianas. Su calendario está plagado de fiestas patronales, peregrinaciones y tradiciones religiosas desarrolladas a partir de la evangelización del siglo XVI. Sin embargo, no podemos dejar de observar una mentalidad que en ocasiones sigue reflejando los valores religiosos de antaño: querer cumplimentar a la fuerza divina mediante ritos, rituales y tradiciones con los cuales poder obtener los favores anhelados.
 
El Evangelio de Jesús nos presenta a un Dios muy distinto: Jesús define la relación entre Dios y los humanos como una relación libre, confiada, basada en la premisa de una bondad connatural por parte del Creador para con sus criaturas. Jesús no promueve una religiosidad que quiera complacer a Dios mediante rituales, sacrificios o privaciones, sino enfocada en desarrollar una respuesta agradecida y tangible de quien se sabe amado por Dios, y libremente desea compartir esa bendición con los demás: “Alumbre también vuestra luz a los hombres; que vean el bien que hacéis y glorifiquen a vuestro Padre del cielo” (Mateo 5, 16).
 
Todo testimonio, toda predicación cristiana está llamada a reflejar a ese Dios de la libertad, bondadoso y misericordioso, y promover su culto mediante la práctica del bien a nuestro prójimo, si no quiere caer de nuevo en una relación de sometimiento y miedo frente a un Dios que necesita ser aplacado con nuestros sacrificios. 


 

Mas sobre el tema: pablo cirujeda , reflexión
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