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Pablo Cirujeda

A lo largo de la Semana Santa vivimos de forma especialmente dramática el fracaso humano de Jesús, y presenciamos su impotencia ante la injusticia, la violencia, el abandono y la traición. Los adversarios de Jesús llegan incluso a burlarse de su incapacidad para evitar el desenlace fatal de su recorrido histórico, y lo retan con ironía a bajarse de la cruz y mostrar así su poder a sus contemporáneos.
 

Desde la experiencia de la resurrección, sin embargo, Jesús se muestra ahora como aquel que ha triunfado, incluso, sobre la muerte: su aparente derrota se torna en victoria, y sus lágrimas se han transformado en palabras de consuelo y ánimo para sus discípulos.

La reflexión de las primeras comunidades cristianas les llevó a reconocer en Jesús al Hijo de Dios, y finalmente, a Dios mismo hecho hombre. Un Dios al que con frecuencia describimos como todopoderoso y eterno, principio y creador de toda vida, omnipotente…y, sin embargo, también un Dios que se ha encarnado en la Historia en la persona de Jesús, un hombre que sufrió incomprensión y soledad, dolor y desprecio, y cuya muerte en cruz a los ojos de muchos fue un “escándalo o una locura” (1Cor 1,23).
 
Es difícil ignorar la tensión que se genera entre ambos conceptos: el Dios que todo lo puede, y el Dios que todo lo sufre. En muchas ocasiones, los seguidores de Jesús acudimos a Dios desde nuestras necesidades pensando en el primer modelo: el Dios al que podemos encomendar las tareas más complejas, incluso humanamente imposibles, ¡pues es omnipotente! Llegamos hasta el extremo de dudar a veces de su presencia entre nosotros, cuando parece que no se nos manifiesta como deseamos o le hemos pedido.
 

Jesús, especialmente en su pasión, nos muestra a un Dios mucho más vulnerable, cuya voluntad no nos corresponde siquiera intentar descifrar. A partir de su resurrección, Jesús nos fortalece con su mensaje de no tener miedo, pues su presencia entre nosotros – a veces misteriosa o incomprensible – está garantizada cada día de nuestra existencia. Jesús es el Dios-con-nosotros que no se impone, ni violenta las reglas de su propia creación. Es el amor que renuncia a la violencia, a la lucha sin sentido, incluso a la justicia, para vencer desde la perseverancia, la fragilidad y la humildad.
 

Tenemos que reconocer que el Dios de Jesús no es siempre el Dios que deseamos o que nos conviene. A partir de la resurrección, descubrimos en Jesús a un Dios humilde, sencillo, incluso vulnerable. Un Dios que camina con nosotros y se sienta a nuestra mesa, que nos abre el entendimiento y enciende nuestros corazones (Lc 24,32). Venciendo a la muerte, Jesús transforma para siempre nuestro concepto de la divinidad: Dios puede ser pequeño, a la vez que grande, puede ser frágil, a la vez que poderoso, cotidiano, a la vez que extraordinario.

El reto de la resurrección consiste precisamente en aceptar a un Dios cuya victoria sobre el mal no se demuestra en el campo de batalla, ni con la fuerza, sino desde su pequeñez, cargando sobre sí mismo el dolor de la injusticia y transformando el odio en bondad. Sin embargo, demasiadas veces seguimos anhelando al Dios todopoderoso, al que tiene la última palabra e impone su orden en nuestro mundo y en nuestras vidas, que cumple con nuestras expectativas y que nos ofrece garantías ante los retos que tenemos que afrontar.

Jesús, el Dios humillado y vulnerable, sigue siendo, a pesar de su resurrección, “un escándalo o una locura” para muchos de nosotros. El tiempo de Pascua es un tiempo especialmente dedicado para ir descubriendo a este Dios sencillo, que transmite paz, amigo de sus amigos, que se nos acerca con suavidad, parte con nosotros el pan y nos recuerda que el amor es más fuerte que la muerte.

 

 


Fuente: blogspot
Mas sobre el tema: pablo cirujeda , reflexión , pascua , resurrección
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